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ARTÍCULO: ¿Territorialidad en el Mar? Hacia el entendimiento de formas no continentalizadas de relacionarse con un espacio (Parte I)

Por: Fabio Enrique Ramírez Espitia*.| 13 de Marzo de 2017

En el principio el mar era de todos nosotros, no era de ningún país. Todos podíamos navegar y ni el viento nos impedía ir a donde quisiéramos. ¡El mar Dios lo creó y nos lo dio a nosotros! Pero hoy es de Bogotá, es de Managua, es de Tegucigalpa… Ellos no comen del mar, ellos no viven del mar, ellos no navegan por el mar, no son gente del mar como nosotros…” ¿Qué les va a importar el mar si viven lejos y solo vienen a bañarse?

Viejo marinero providenciano, noviembre del 2001 (Avella, 2013)

A modo de introducción

Bogotá es el centro de inmigración de Colombia por excelencia. La capital es receptora de población de cada uno de los rincones del país. A nuestra ciudad vienen colombianos de todos los colores, procedencias y culturas; ya sea por violencia, por la sempiterna esperanza de encontrar mejores condiciones de vida o por el deseo de encontrar nuevos horizontes académicos. Y el archipiélago de San Andrés y Providencia no es la excepción.

Como se sabe, dicho archipiélago es el único territorio insular habitado que tiene Colombia y en él convive una población de muy diversas procedencias. La población nativa de las islas, autodenominados raizales, tienen y conservan características identitarias notablemente distintas de la del resto de los colombianos. En efecto, los raizales, a pesar de ser nominalmente colombianos, poseen arquitectura, religión, gastronomía, música, entre otras cosas, distintas a la de sus coterráneos nacionales. A la comunidad raizal se suma una población bastante heterogénea que se asienta principalmente en la isla de San Andrés: libaneses, asiáticos, colombianos del continente, isleños no raizales, etcétera.

Esta diversidad de gentes que existe en la isla se ha asentado en Bogotá por distintas razones, lo cual plantea muchas preguntas, entre ellas: ¿cómo es el hecho de tener que vivir en la capital de la República?, ¿cómo entender las nociones de territorio y territorialidad en un espacio tan distinto al insular? ¿Cómo abordar lo que piensan jóvenes de tan distintas condiciones culturales? Y en últimas, ¿cómo sobreponerse a tantas diferencias?

Estas preguntas fueron el arranque que dio origen a los objetivos que se trazó este trabajo en el marco del Observatorio Javeriano de Juventud del año 2013. A lo largo de la investigación y de las sesiones surgieron nuevas preguntas, se complejizaron y también se replantearon algunas reflexiones que ya se daban por sentadas desde el principio. De modo que aunque este artículo tiene un cuerpo más o menos organizado, saldrán a flote las preguntas, reflexiones, debates y conceptos inacabados que no son más que la muestra del trabajo hecho durante el transcurso del Semillero. Cabe aclarar que este artículo que presento a continuación no hubiera sido posible sin la colaboración de varios jóvenes de San Andrés y Providencia que residen en la capital y de la ayuda de Zuleika Suárez Torrenegra, Salmo Suárez Torrenegra y Erick Betancurt Pérez, jóvenes isleños que me acompañaron en varias sesiones del semillero y, por lo tanto, en el desarrollo de la investigación. Sin su ayuda este artículo no hubiera sido posible.

¿Hacia dónde va el mar? ¿Hacia dónde van los jóvenes isleños?

Teniendo en cuenta las preguntas señaladas al comienzo de este artículo y la orientación del Observatorio de la Javeriana de este año, enfocado en la relación jóvenes y territorialidad se diseñaron algunas preguntas y objetivos que serían la base para todo el proceso investigativo: ¿Qué entienden los estudiantes universitarios de San Andrés y Providencia que están radicados en Bogotá por territorio y territorialidad? Para dar luces a esta pregunta fueron surgiendo otras tan o quizá más complejas: ¿Cómo hablar de territorio y territorialidad en medio del mar? ¿Cuáles son las diferencias de apropiarse de un territorio continental a un territorio insular?

Es decir, el objetivo se centró en estudiar las formas como se ha concebido el concepto de territorio y territorialidad en las islas de San Andrés y Providencia y, con base en esto, aproximarse a la forma en que los jóvenes del archipiélago que están fuera de la isla se relacionan con su territorio.

Esbozo histórico

Para entender mejor el enfoque de este trabajo es preciso adentrarnos un poco en la historia del archipiélago de San Andrés y Providencia. Así se evidenciará que, a pesar de ser un departamento de Colombia, estas islas comparten un pasado común con las demás islas del Caribe occidental y con varias naciones de Centroamérica, lo que le da un perfil geográfico y cultural muy distinto al resto del país.

Para empezar es clave mencionar que, a diferencia de la herencia hispánica del resto del país, San Andrés y Providencia tuvieron una marcada influencia de origen británico. De ahí parte la primera gran diferencia histórico-cultural con el continente colombiano.

Inicialmente, las islas fueron colonizadas por puritanos ingleses venidos de Inglaterra en el siglo xvii, en un intento que se revelaría como fallido, y después en el siglo xviii por ingleses provenientes de Jamaica. Durante esos siglos cambiaron varias veces de manos entre Inglaterra y España, que finalmente se quedó con ellas con la firma del Tratado de Londres en 1786, y las asignó al Virreinato de la Nueva Granada (hoy Colombia), que ya las controlaba militarmente desde 1802. Luego de la guerra de independencia contra España adhirieron, por decisión local, a la Constitución de Cúcuta la cual fundaba la Gran Colombia en 1822 y quedaron formando parte de Colombia después de que esta unión fuera disuelta tras la muerte de Simón Bolívar.

Debido a su situación geográfica y a las condiciones internas de Colombia, hasta los inicios del siglo xx las islas permanecieron aisladas del resto del país, lo cual conllevó que se consolidara una cultura con una fuerte influencia del Caribe inglés, de donde provinieron las colonizaciones originales y que continuaron con la llegada de numerosos jamaiquinos en las primeras décadas del siglo xix, y luego de habitantes de las Islas Cayman desde 1830 hasta 1880, principalmente (véase las figuras 1 y 2). No obstante, a pesar del alejamiento de la nación, cuando Panamá se separó de Colombia en 1903, el archipiélago reiteró su decisión de continuar formando parte de esta última (Sandner, 2003).

Sin embargo, al menos hasta la firma del tratado Esguerra - Bárcenas en 1928, por medio del cual Colombia cedió las Islas del Maíz a Nicaragua y esta reconoció la soberanía de Colombia sobre el Archipiélago, las relaciones de las islas se proyectaron principalmente sobre el Caribe insular y ciertos lugares de la costa centroamericana, donde hasta hoy habitan poblaciones que comparten una herencia cultural similar a la de las islas, así como numerosos lazos familiares. Hasta entonces la costa de la Mosquitia y el archipiélago constituían una unidad política y, sobre todo, cultural. Esta última aún persiste, aunque bastante menoscabada.

La pérdida de la costa de Mosquitia y las islas Mangles y del Maíz, hoy de Nicaragua, son una de las fracturas que el isleño nativo siente con profundo dolor, pues consideran que el Gobierno de Colombia no hizo nada para intentar recuperarlas. Aún hoy en día se lamenta esa pérdida como una señal del olvido del Estado para con los habitantes insulares.

Como se mencionó al principio, en las islas coexisten poblaciones de muy disímiles orígenes, entre los que se cuentan afrodescendientes de diversos orígenes en convivencia compleja con población indígena, principalmente miskitos, kunas y mayas. Fue poblado en gran medida desde las Islas Caimán, sobretodo Belice y Honduras (islas de la Bahía) y desde San Andrés y Providencia (islas del Maíz, Colón y Bocas del Toro, en especial), que a su vez habían recibido población británica proveniente de la Mosquitia, cuando se debilitó el apoyo británico en las últimas décadas del siglo xviii. Cabe resaltar que, entre finales del siglo xix y principios del xx, a estos territorios se sumaron personas provenientes de diversas islas del Caribe, principalmente Jamaica y Barbados, cuya migración fue impulsada ante la necesidad de mano de obra para la construcción del Canal de Panamá y las plantaciones de frutas (estas últimas principalmente en Costa Rica). Todas las poblaciones antes mencionadas mantienen hasta hoy lazos familiares, lo cual se evidencia en los apellidos británicos que comparten, como Archbold, Bryan o Hawkins, el uso de una lengua criolla de origen inglés con grandes similitudes y el reconocimiento mutuo de su cercanía.

A principios del siglo xx el Estado colombiano empezó a diseñar políticas para intentar cambiar el carácter y las tradiciones culturales de la población insular, en un proceso de aculturación, o como mejor se le conoce: de colombianización. Para el año de 1911 San Andrés, hasta entonces Provincia de la gobernación del Bolívar, reclama mayor autonomía ante el gobierno central de Bogotá y pasa a erigirse como Intendencia Nacional. Bajo esta figura el Estado colombiano empezó a fomentar la migración de colombianos continentales, la enseñanza del español y la fundación de escuelas e iglesias católicas, pues por la herencia británica, la mayoría de los pobladores isleños era protestante. Sin embargo, este proceso de colombianización no fue tan violento como el que se dio cuando las islas fueron decretadas como Puerto Libre en el año de 1953.

Esta decisión, tomada durante el gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla, produjo la migración masiva de colombianos continentales hacia las islas, el robo y la especulación con las tierras de los isleños raizales, la discriminación, el desplazamiento y la aculturación. Aunque estos procesos afectaron en menor medida a Providencia y Santa Catalina, debido a su ubicación más lejana, no por ello dejaron de tener un gran impacto (Márquez, 1992).

A pesar de todos los cambios, hasta la actualidad los habitantes de las islas conservan gran parte de sus modos de vida tradicionales basados en la pesca y la agricultura, aunque con modificaciones debidas a los diversos procesos de modernización e integración ocurridos durante el siglo xx y hasta la actualidad. Los isleños de hoy son una mezcla entre africanos, europeos, caribeños de otras regiones, asiáticos, con un componente creciente de colombianos continentales. Poseedores de una lengua propia, el creole —una mezcla de inglés con estructuras gramaticales diferenciadas, aparentemente de origen africano— los habitantes de las islas detentan hasta hoy una cultura propia, marcada por su historia colonial inglesa, su herencia africana y sus relaciones, primero con el Caribe y, después, con Colombia. De religión bautista por tradición, hoy conviven en las islas bautistas, católicos y adventistas, así como nuevos cultos cristianos llegados en épocas recientes. Fuertemente marcados por su entorno, los habitantes nativos de las islas aún hoy son gente de mar y de tierra, pescadores, agricultores, recolectores de cangrejo y navegantes. 

No obstante, esto aplica más para Providencia, puesto que en San Andrés la composición social es bastante heterogénea, pues añadido a los colombianos continentales se encuentra gran cantidad de población extranjera, sobre todo comerciantes de origen árabe. Esto supone que el isleño sanandresano haya cambiado notablemente durante el último cuarto del siglo XX y lo que va del siglo xxi (Roca, 2003).

Particularmente la migración de colombianos continentales y el turismo masivo de los últimos tiempos han configurado un nuevo tipo de isleño, sobre todo de joven isleño en la isla de San Andrés. Ahora es común que los jóvenes se empleen en la industria hotelera y que su relación con el mar no sea tan profunda como la de sus antepasados. De ahí que la discusión sobre la historia agitada de las islas es necesaria porque esta marca profundamente quiénes son los isleños de hoy. Asimismo, adentrándonos un poco en esa historia, podremos comprender mejor la relación del isleño en general y del joven isleño en particular, con su territorio y de cómo se concibe la territorialidad en un medio insular.

La Constitución de 1991

Con la Constitución de 1991 de Colombia se buscó dar solución parcial a los cada vez más acuciantes problemas de las islas: sobrepoblación, desequilibrio ecológico, pérdida de las tradiciones culturales. Con la política multicultural de la Constitución de 1991 se dio pie al reconocimiento de los grupos étnicos, entre ellos, las comunidades indígenas y las comunidades negras, brindándoles instrumentos jurídicos de protección de los rasgos considerados como fundamentales para el fortalecimiento de la identidad: territorio, lengua y autonomía en la forma de organización política. La nueva Carta Política constituyó un gran avance para el reconocimiento de los isleños, sobre todo de la población raizal. En la Carta hay un artículo específico para las islas: el 310. Sin embargo, el deterioro del archipiélago y la falta de reconocimiento de los raizales obligaron a que la Corte Constitucional expidiera la Sentencia C-053 de 1999 donde se reconoce como el territorio propio del Pueblo Raizal a toda la Jurisdicción del Departamento Archipiélago de San Andrés Providencia y Santa Catalina, e impone la garantía de sus derechos colectivos, entre estos el de territorialidad, dentro de esta delimitación. A pesar del reconocimiento de la Corte no hay una mención clara de los límites marítimos.

¿Una visión estrecha del concepto de territorialidad?

Es en este nuevo marco de participación y de interculturalidad que se pueden examinar, con mayor complejidad, los conceptos de territorio y territorialidad en un medio insular. Si se parte del hecho de que el territorio trasciende el espacio físico o una porción de tierra y se entiende como un sistema social (Avella, 2001), seguramente se comprenderá que la noción de territorio que existe en San Andrés y providencia ha tenido rasgos notablemente diferentes a los del resto del país.

Para empezar es clave recalcar lo obvio: San Andrés y Providencia son, quizá, la entidad geográfica más peculiar que posee todo el territorio colombiano. Es la única isla poblada del país, está más próxima a las costas de Nicaragua que a las de Colombia y ha tenido una historia tan accidentada como fascinante, como ya se mostró parcialmente antes. Esto supone que el manejo territorial de estas islas está sujeto a una serie de condicionamientos espaciales muy diferente de las del resto del continente. Aquí aparecerá reiterativamente esta diferenciación territorial entre “islas” y “continente”, pues es el modo en que la comunidad de las islas denomina su peculiaridad geográfica con el resto de los colombianos. Así mismo, esta dicotomía deja implícita la conciencia de su insularidad: aislamiento, mar y lejanía con el resto del país (véase la figura 3). Y este concepto de insularidad será clave para entender cualquier aproximación al concepto de territorio y territorialidad de los jóvenes isleños. Al respecto Bettie Ratter nos dice:

Una isla es un trozo de tierra claramente delimitado, bañado completa y permanentemente por el mar. El litoral produce una frontera que separa a los habitantes de la isla de sus vecinos. La situación particular de los habitantes de la isla, en contraste con los de tierra firme, y las formas de comportamiento que de ella se derivan, se describen con el concepto complejo de insularidad. (2001, p. 95)

Al pensar en las diferencias geográficas entre la isla y el continente es preciso preguntarnos sobre la educación, y en el vacío que existe en términos conceptuales y epistemológicos en el modo de abordar el estudio de un archipiélago. Si se observa con detenimiento los textos escolares y se hace una reflexión personal, se hará evidente que en el país no se enseña una geografía que involucre las zonas periféricas del país, mucho menos al archipiélago de San Andrés y Providencia, pues la geografía tradicional está afincada en el estudio del continente. Esto naturalmente está, de manera intrínseca, relacionado con el centralismo y la visión andinista que ha dominado la mayor parte de la historia colombiana. A pesar de que recientemente ha cambiado, el imaginario nacional se sigue construyendo desde una óptica andinista, dejando el mar continental como frontera y el mar de ultramar simplemente como una extensión de soberanía, mas no se ha asimilado en toda su riqueza cultural, biótica y geográfica (véase la figura 4). Algo así concluye June Marie Mow:

La isla de San Andrés es la más grande de las islas del archipiélago con un área de tan sólo 26 km², lo que la convierte en un pequeño punto en el mar Caribe. Pero este archipiélago que suma 350 000 km² con su área marítima y estas pequeñas islas, islotes y cayos es el que le otorga a Colombia fronteras en todo el corazón del mar Caribe con Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Jamaica, Haití y República Dominicana. Sin embargo, en muchas escuelas de Colombia se enseña aun equivocadamente al Océano Atlántico como límite norte de Colombia. De ahí que los colombianos recuerden más los límites continentales con Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador y Panamá que los que tiene con las naciones caribeñas. (2008, cursivas del autor).

Cuando los isleños se percatan de este hecho traen a la memoria su paso por la escuela y se hace notable el fallo educativo que aún persiste, a pesar de los esfuerzos que impulsó la Carta de 1991: “Me enseñaron sobre los ríos caudalosos de Colombia pero yo ni siquiera sabía qué significaba eso de caudaloso” (Ramirez, 2013).

Un factor importante en la forma como los jóvenes se relacionan con su territorio tiene que ver directamente con el proceso de colombianización y la consiguiente migración. Los jóvenes de hoy son hijos y nietos de esos primeros migrantes que trajeron una forma particular de relacionarse con el territorio. Y si bien muchos migrantes venían de la Costa Caribe colombiana, con lo cual ya se tenía cierta cercanía al mar, los nuevos pobladores no tenían conocimiento de la condición de insularidad. De ahí que sea importante conocer qué forma de territorialidad se trajo con los nuevos habitantes de las islas.

VER PARTE II

** Sociólogo, Universidad Nacional de Colombia. Este artículo contó con el apoyo y acompañamiento de los jóvenes isleños y estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá: Zuleika Suárez Torrenegra, Salmo Suárez Torrenegra y Erick Betancurt Pérez. Dir. electrónica: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla..

 

 

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