Detrás del Pasaje de la Jiménez. ¡Entrada Libre!

Por: Paola Sarta Guzmán l 13 de Diciembre de 2012

 

En el marco del IV festival joven de creación escénica 2012, la estudiante de la facultad de comunicación y lenguaje de la Universidad Pontificia Javeriana, Paola Sarta Guzmán, realiza la siguiente crónica sobre un majestuoso teatro ubicado en la Avenida Jiménez con Carrera 8ª de la ciudad de Bogotá. Una mezcla de historia y encanto capitalino, y el reencuentro con nuestras raíces afrodecendientes.

¿A qué submundo urbano conducen los portales que adornan la acera de la Calle de los Carneros? Esta es la pregunta que me asaltó muchísimos años, y a la cual encontré respuestas tan diversas como que los adornados portones eran la entrada a un transporte olvidado, del cual ni siquiera hoy, había rastro o registro en su defecto; ésta respuesta también acompañada de todo tipo de leyendas, propias de la idiosincrasia capitalina, y ¿por qué no?, de la misma esencia del centro de Bogotá: todo lugar se vuelve sagrado, por el propio misterio que espira cada rincón de esta zona.

Por supuesto después de una introducción como esta al espacio, la curiosidad y la atracción por el lugar se hicieron evidentes; sin duda era de esos fantasmas que dan pistas de las viejas glorias que todo bogotano recuerda con nostalgia. El sótano no fue una invención calculada por alguna especie de artista romántico en búsqueda de un refugio en medio de las ‘agitadas’ calles de la Bogotá de los años treinta, de hecho, los subterráneos eran parte del prestigioso edificio Rufino José Cuervo, perteneciente a Doña Elisa Dávila de Peña, dama capaz de ceder los derechos del histórico lugar por la suma de 36.120 pesos de la época, una suma exorbitante en aquel momento. El recinto albergaba en aquel entonces la oficina de telecomunicaciones, en la cual se manejaban las cartas y los telegramas de la ciudad. El “centro de operaciones” de la ciudad, sería reemplazado primero por un pasaje comercial de la época, similar al Pasaje Rivas que permanece hasta nuestros días, esto con el propósito de conmemorar el cuarto centenario de la ya veterana ciudad, Bogotá. Era el año 1938, ya habían transcurrido dos años de la ejecución de la ingeniosa y emprendedora propuesta, y los comerciantes observan el rápido deterioro de las mercancías por la humedad del lugar, el cual empezaba a ser visto por los distinguidos vecinos del sector, como un espacio algo peligroso y ‘deslucido’, capaz de albergar todo tipo de cachivaches.

Finalmente se cierra el pasaje comercial y se da paso a la construcción de la Av. Jiménez en 1940, lo que llevaría a cambiar absolutamente el panorama del sector, desviando inclusive una de las fuentes naturales de agua que adornaban el lugar: el Río San Francisco. Una vez se finalizó la obra, el alcalde del momento Germán Zea Hernández, meditaba acerca del uso que se le daría al recinto. Se le permitía ser ambicioso por la enorme cantidad de dinero proveniente de la indemnización por la pérdida de Panamá, que todavía quedaba en las arcas. La imaginación del visionario fue suficiente para imaginar la construcción de unos baños turcos, cafés, un museo de cera, disponerlo para ser sede del club de ajedrez capitalino y sala de proyección de cintas cinematográficas. En resumen, en los años cincuenta se decidió (por providencia divina quizá) la construcción de un teatro, capaz de mantener vivo el fuego de la escena teatral en la ciudad, que el extinto Teatro Municipal había encendido en los capitalinos; su nombre sería Luis Enrique Osorio, en memoria del experto dramaturgo y padre del teatro de la noción de espectáculo en la ciudad.

 

 

Después de leer sobre toda la interesante historia del lugar, decido experimentar el teatro con mis propios sentidos, con todas las expectativas posibles sobre el legendario espacio; mi propósito es no dejar escapar ningún detalle de la lente de la cámara. Al llegar a la carrera octava, veo que los edificios conservan cierto aire de solemnidad, respeto y seriedad, capaz de indicarle a cualquier transeúnte que está pisando un terreno especial; el tenue ocre del Edificio Pedro A. López, donde se encuentran el Fondo de Cultura Cafetero y el Banco de Occidente, acompaña al también clásico e imponente edificio donde actualmente se ubica el Ministerio de Agricultura.

Me detengo por un segundo a observar la placa de cerámica en la que reza “Calle de los carneros”, y de repente mis ojos se encuentran con los portales del teatro, mientras mi oído es atraído por la melodía de una modesta grabadora con salsa, que indica a los transeúntes que hoy hay una función especial en el teatro.

Ya estoy adentro del teatro y el espectáculo que tengo ante mis ojos me cautiva de inmediato; desciendo las escaleras y observo por un momento un par de placas conmemorativas en la pared que exponen orgullosas la restauración que el presidente Julio Cesar Turbay ordenó al lugar, esto me muestra que sin duda la realidad del teatro hace unos treinta años, no era la misma. Es increíble que, mientras en 1981 se inauguraba oficialmente la Escuela Distrital de Teatro, hacia finales de esta década y principios de los noventas, un par de artículos de periódico hablaran de que el Teatro había sido colonizado por todo tipo de ratas, que había sido derrotado, sepultado, por el implacable paso del tiempo y la humedad, producto de una inundación previa. Ese abandono es historia y el Teatro poco a poco ha ido resurgiendo de las cenizas, de la mano de la Academia Superior de Artes de Bogotá ASAB, la cual desde la década de los noventa se ha encargado de que el recinto sea un aula especial para todos los artistas en formación.

Observando detenidamente el pasillo, y ante uno de los descuidos de una de las personas de logística, alcanzo a acercarme lo suficiente para mirar la profundidad de los sótanos, que hoy en día son salones especializados para que los músicos y artistas desarrollen sus montajes: todos los artistas sometidos a la mirada y juicio implacable de los espejos de cada salón. Tomo un par de fotos, y presenciando la profundidad y altura de la nave, no me resulta difícil creer los datos oficiales que afirman que los Sótano de la Jiménez, incluido el Teatro Luis E. Osorio, ocupan alrededor de 1500 metros cuadrados.

 

 

Por fin ingreso al teatro, en seguida llama mi atención el hermoso techo blanco del lugar adornado con cenefas y esculpida con detalle palmo a palmo. No hay mejor marco para un clásico escenario con pisos de madera unas aterciopeladas y suntuosas cortinas de terciopelo, bañadas tímidamente por un cálido haz de luz amarilla que desciende desde el reflector. Al sentarme en una de las cómodas sillas rojas, ubicada en las primeras filas, puedo ver que ninguna de las sillas está vacía; la calidez del público se confunde con la acogedora energía que trasmite el lugar, que a pesar de todos los avatares que ha enfrentado y la historia que alberga, permanece intacto, tal como la sonrisa de las mujeres protagonistas de la obra, que en medio de canticos y carcajadas cuentan sus duras experiencias de vida.

Me atrevo a decir que la misma esencia de constante renacer que percibí en las protagonistas, es la misma que habita al Teatro Luis E. Osorio, la misma que caracteriza al país en general.

Obra

Raíz de Ébano: Es una puesta en escena donde la danza tradicional del pacífico colombiano como la jota Chocoana, el currulao, percusión colombiana y africanas, además de elementos del teatro y de la danza contemporánea, se convierten en el hilo conductor para la narración de la vida de tres mujeres afro colombianas mayores de 50 años y oriundas del pacífico que por diversas razones llegaron a vivir a la gran ciudad siendo desplazadas de sus lugares de origen por distintas causas:

Agripina Moreno: de 60 años, salió a los 18 años de San Martín de Purré (Corregimiento de Choco), su padre quería casarla en contra desu voluntad con un hombre del pueblo mucho mayor que ella.

Ana Ruth Díaz: de 54 años, a los 13 años toma la decisión de alejarse de Candelaria, Valle, y salé con el fin de buscar una mejor condición socioeconómica.

Alba Nelly Mina: de 50 años menos vente días, deja Puerto Tejada por acompañar al amor de su vida, que como muchos otros sale de su lugar de origen en busca de oportunidades.

Concluye la obra y la ovación es masiva, y puede sentirse el calor de las personas, y en medio de la algarabía, uno de los coordinadores del evento comenta con los demás, que este año la muestra teatral Tablón promete cautivar a muchos más. En los dos años de existencia del festival Tablón, no se había visto una concurrencia semejante, lo que motiva a los estudiantes de la Universidad Distrital, actual administradora y propietaria del teatro, a seguir creyendo en su talento y atreverse a lanzar sus nuevas propuestas en esta vitrina de la ciudad.

Espero pacientemente a que se desocupe el Teatro mientras me acercó a un par de estudiantes de la Distrital que animadas comentan el final de la obra; tomo algunas notas de sus impresiones y prosigo a entrevistar a la directora de la obra de aquella noche, la ex-alumna Catalina Mosquera, ahora propietaria de la compañía de teatro Diokaju. Converso con ella y noto cierta nostalgia en sus ojos cuando habla de sus días como estudiante, aunque admite con tristeza que no conoce a profundidad la obra del maestro Luis Enrique Osorio, de quien recibe el nombre el teatro. Mientras tanto su pequeño hijo, corre y la abraza felicitándola por el excelente final, un momento especial que tuve la oportunidad de presenciar, pero que sin duda no quería interrumpir.

Mientras que todos los actores y el personal logístico degusta de un refrigerio, me asalta la duda de si el teatro actual llegará más lejos del éxito que tuvo en sus días de gloria pasada; algo que, hoy por hoy, es incierto. Sólo puedo afirmar que cada nota musical y cada haz de luz que se posa delicadamente sobre los actores en escena siguen escribiendo la historia de este lugar, un espacio que extiende sus delicados brazos ornamentados desde el interior de la ciudad.

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